7 de diciembre de 2009

La delgada línea entre la información, la desinformación y la propaganda


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Artículo publicado en la revista Reflexión Política, del Instituto de Estudios Políticos de la Univesidad Autónoma de Bucaramanga (UNAB), Año 6, Número 12, Diciembre de 2004, páginas 80 a 93

Colombia, una guerra en contravía informativa


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Artículo publicado en la revista Reflexión Política, del Instituto de Estudios Políticos de la Univesidad Autónoma de Bucaramanga (UNAB), Año 4, Número 8, Diciembre de 2002, páginas 119 a 134

4 de diciembre de 2009

El niño triste

Cuando vi esta foto por primera vez, más o menos en el año 1993 o 1994, me causó un impacto muy fuerte. El mismo que me sigue causando hoy. No sé, algo por dentro de mí se revuelca y me produce una sensación terrible de desazón, de desesperanza, de tristeza. También, qué paradoja, una necesidad de querer verla, de no olvidarla, de tenerla presente.

Es de Jesús Abad Colorado y muestra a un niño indígena de la comunidad de Caimán Nuevo, entre los municipios de Turbo y Necoclí, un asentamiento del pueblo Tule, de la familia de los Kunas, del que acabo de buscar información en Internet y no aparece prácticamente nada. Fue tomada uno o dos días después de una masacre realizada por paramilitares.

Cuando la tuve por primera vez en mis manos, antes de ser publicada en el periódico El Colombiano, me quedé viéndola por ahí unos diez minutos.

Nunca supe el nombre de ese niño, ni a quién le habían matado y mucho menos qué pasó con él o con su comunidad después. Pero con frecuencia lo busco en las fotos del catálogo de una exposición de Jesús Abad que tengo en mi biblioteca.

Siempre he querido tener esa foto, grande, en mi casa. Pero también me ha dado miedo tenerla así como la quiero, del tamaño de un afiche, metida entre un marquito de madera bien bonito, colgada en la sala para verla cada que entre.

Miedo a que me recuerde en demasía lo que precisamente no me hace olvidar y que es lo que, creo, siempre busco en ella: que en este país se ha llorado mucho, que mucha gente ha sufrido, y que uno no puede hacerse el loco con el dolor de los demás.

Puede sonar muy cursi o pendejo y es verdad, pero así lo siento. Una especie de solidaridad muy estúpida también porque uno tampoco hace muchas cosas para buscar que tanta porquería que nos rodea cambie. Un sentimiento pequeño burgués, católico en el fondo, muy romanticoide y bastante soso (qué mezcla de cosas tan impresionante).

Por eso, aunque alguna vez le dije a Jesús Abad que me vendiera una copia, tampoco he sido capaz de concretar el asunto.

Por eso ante esta foto siento una especie de masoquismo porque me gusta verla por impactante, por bella, por reveladora, por horrenda, porque me causa placer y dolor. Para mí, esta foto revela todo el mundo interior de ese niño que, repito, creo que es también el mundo interior de su comunidad y de Colombia misma.

Siento que en esos ojos perdidos está el epicentro del sentimiento de él, pero también el mío. Ahí está el punctum que decía Roland Barthes, ese lugar de la foto, ese detalle específico que nos evoca algo o que simplemente nos llama la atención, posiblemente sin que sepamos por qué.

Esos ojos parecen de un anciano de 90 años, de un hombre que ha vivido todo y todo lo ha perdido, que ha librado cien batallas y en todas ha sido derrotado –como el coronel Aureliano Buendía–. Solo que a los cinco o seis años, que es la edad que debe tener, esa experiencia me parece dramática, infame.

Son tantas las sensaciones que se me atropellan en la cabeza al pensar en ese niño que me confundo para expresarlas bien y en orden.

¡Qué foto! la sigo buscando, la sigo detestando, le sigo temiendo, la sigo necesitando, como si se tratara de ese par de mujeres que he amado profundamente y que me han dejado tirado en mitad de la calle, como dice Sabina, igual a como se abandona a los zapatos viejos.

Solo que a ellas ya no las busco.


Entrevista a Jesús Abad Colorado en P+DH [Periodismo + Derechos Humanos] , a propósito del 13 Encuentro Internacional de Periodismo Ciudad de Gijón, realizado en julio de 2009.

20 de agosto de 2009

"Internet es el primer medio de la historia que se cuenta a sí mismo"

Alejandro Piscitelli, una de las autoridades en el ámbito hispanoamericano en nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC), habla para el programa Rueda de Prensa sobre Internet, el periodismo digital, la cibercultura y el impacto de las TIC en la sociedad contemporánea.

Producción de televisión: Centro Multimedial Universidad EAFIT, canal En Vivo.

7 de agosto de 2009

7 de agosto - Batalla de Boyacá: una manera de construir el imaginario Ejército-Nación



Desde el pasado 20 de julio, numerosos medios de comunicación colombianos, pero principalmente el Canal Institucional y los dos grandes noticieros de televisión, han seguido paso a paso la Ruta Libertadora.

Se trata de una cabalgata de miembros del Ejército y la Policía Nacional que reconstruye uno de los caminos seguidos por la Campaña Libertadora que dio la libertad, hace 190 años, al actual territorio de Colombia del imperio español.

Arrancó en las llanuras de Arauca (aunque en realidad el Ejército Libertador salió de Apure, en Venezuela), cruzó el páramo de Pisba (donde se dice que murieron muchos de los soldados descamisados de Simón Bolívar), recordaron la batalla del Pantano de Vargas (antesala de la derrota española) y llegaron a los campos de Boyacá.

La Ruta terminó este 7 de agosto precisamente en el monumento a la Batalla de Boyacá, donde la historia cuenta que se selló la independencia de nuestro país.

De todos estos homenajes, bonitos para recordar la historia, para devolvernos a la época de la escuela y el colegio donde nos contaban de las hazañas de Bolívar por darnos la libertad, hay cosas interesantes de mirar. Voy a mencionarlas simplemente porque esto es apenas un blog y no una revista académica, so pena de que me digan superficial, desinformado o parcial.

Pero es más a una invitación a la conversación, al análisis sobre los elementos que reflejan el tipo de historia nacional que se está presentando, la idea de nación que se proyecta, y el papel y lugar que se otorga al Ejército en la formación de la nación colombiana y, por extensión, en el conjunto del Estado mismo.

1. El mito fundacional de la nación colombiana el 7 de agosto de 1819

Aspecto del inicio de la Ruta Libertadora 2009.
Foto tomada de http://web.presidencia.gov.co/especial/ruta_2009/index.html

La historia que se enseña en escuelas y colegios del país ha ubicado de manera tradicional a la batalla de Boyacá, igual a como lo sigue haciendo ahora, como el hecho que da la independencia definitiva al actual territorio de Colombia del imperio español.

A la vez, como el punto de ruptura a partir del cual comienza el proceso de constitución de la futura República, respecto de la cual “oficialmente” se marca su inicio en 1830.

Lo problemático de esta concepción de nacimiento está en que en ocasiones se presenta al hecho histórico de la batalla de Boyacá como un punto cero, aislado de otros momentos o situaciones que le precedieron o que ocurrieron en forma simultánea.

Ese reduccionismo desconoce que la categoría de “nación” es muy compleja, ambigua y que está atravesada por múltiples variables en las cuales un hecho puntual, como en este caso la batalla, es apenas un componente histórico más, por muy importante que haya sido, pero imposible de configurar en sí mismo una construcción en el orden nacional real como el que se plantea, por ejemplo, en las noticias que han dado los medios.

2. La relación de continuidad entre el Ejército Libertador y el Ejército actual

El enfoque tradicional que ha tenido la historiografía militar colombiana traza una línea de continuidad entre ambos ejércitos. No da pie a mostrar diferencias sustanciales entre uno y otro, salvo la distancia temporal con todo lo que ello implica en armamento, uniformes o estructura orgánica.

De hecho, los ideales, principios, valores y hasta la misión aparecen como idénticos.

Detalle del cuadro de Francisco Antonio Cano sobre el cruce del páramo de Pisba por el Ejército Libertador.







Detalle de un billete de 2.000 pesos que reproduce el cuadro anterior.




Cruce del páramo de Pisba por la Ruta Libertadora 2009
Foto tomada de http://web.presidencia.gov.co/especial/ruta_2009/index.html

Con la Ruta Libertadora no se muestra alguna diferencia entre ambos que permita verlos como distintos por lo que establece una analogía y parentesco: Ejército Libertador y Ejército Nacional actual son presentados como el mismo aparato armado al servicio de la defensa del Estado y la nación.

Este tipo de interpretación se inscribe dentro de lo que Adolfo León Atehortúa Cruz denomina “estudios tradicionales herencia del positivismo”, los cuales cubren a una parte importante de la literatura existente sobre las Fuerzas Armadas colombianas, en particular a la escrita por los propios militares:

“Su propósito aparente es incluir al ejército de Bolívar en la genealogía del actual Ejército Nacional, y exigir el reconocimiento de una supuesta filiación heroica”, dice Atehortúa en su libro Militares, otra visión, otros estudios, editado por la Universidad Pedagógica Nacional.

Algunos historiadores militares van incluso más atrás, al punto de ubicar los orígenes del Ejército en los grupos Comuneros que se alzaron en 1781 contra las autoridades del Virreinato de la Nueva Granada. En cualquier caso, lo que busca tal interpretación es resaltar la tarea heroica en su gesta por la libertad.

Para Atehortúa, “la trascendencia del mito [se refiere al de trazar esa relación genealógica entre ambos ejércitos] sirve también para reclamar cierta nobleza congénita en todos sus ideales y, con mayor razón, para legitimar el carácter mesiánico que, en coyunturas concretas, puedan asumir o auto adjudicarse las Fuerzas Armadas”.

3. Asimilar la idea del surgimiento de la nación ligada al Ejército o gracias a él

Esta es una relación directa: el 7 de agosto es también el Día del Ejército (muchos periódicos han publicado estos días informaciones al respecto, incluso bajo el rótulo de “Información institucional”, que equivale a un publirreportaje).

Se trata de una conexión que ubica al Ejército como una institución central tanto en la estructura del Estado como de la organización social. Y, cada vez más, como parte fundamental de la sociedad colombiana.



Tal factor tiene una incidencia menos evidente para el ciudadano pero quizá más poderosa sobre el mundo que él habita que aquella, por ejemplo, la revalorización del pasado que se encuentra presente en la reiteración del mito fundacional de la nación.

Y lo es porque comporta un ejercicio real de poder y de incidencia en la vida nacional, mientras que la otra se halla en el plano meramente simbólico, sin que ello signifique restarle importancia dado que lo simbólico es un efectivo sustrato que también conduce a la acción.

Esa idea del surgimiento de la nación colombiana ligada al Ejército Nacional tampoco es nueva, la misma literatura militar que se inscribe en la línea tradicional ha considerado en forma reiterada que el Ejército Nacional es, más que pilar de la Nación colombiana, prácticamente el padre mismo de ella o su creador.

Uno de los clásicos del pensamiento militar colombiano, Tomás Rueda Vargas (quien era un civil), atribuye la función de organización de las “nuevas nacionalidades” a Bolívar, quien para los militares es más que el Libertador: es un general y el primer comandante que tuvo la institución armada, según sus textos de historia.

(En la galería de comandantes que presenta el libro Historia militar del Ejército de Colombia, editado por el Centro de Estudios Históricos del Ejército en 2007, aparecen los retratos de quienes han ocupado dicho cargo desde 1819 hasta el año de publicación del mismo: Simón Bolívar está en la primera línea).

Esto escribió Rueda Vargas sobre la época inmediatamente posterior a la Independencia en un artículo que tituló “Nuestro Ejército”, publicado el 31 de agosto de 1909: “Destruido el enemigo y ocupado el general Bolívar en la lucha política que naturalmente se empeñó al principiar a organizar las nuevas nacionalidades, las rivalidades que, en estado latente, existían entre los jefes militares estallaron”.

El mismo autor, al igual que muchos otros civiles y uniformados, han reiterado en numerosos escritos, lugares y momentos ese papel que se auto atribuyen los militares, esa auto representación que elaboran o les elaboran de ser fundadores de la nación.

4. “Héroe”, “libertad” y “patriotismo”, otra forma de continuidad entre el Ejército Libertador y el actual



“Los héroes en Colombia sí existen: Ejército Nacional”, es el eslogan de la actual campaña del Ejército colombiano.

Y “héroes” siempre se ha llamado a los próceres de la independencia.

El heroísmo es uno de los valores inherente a la misión y a la estructura militares.

“Por naturaleza, los ejércitos nacionales se nutren de la sangre de sus propios héroes y de la enseñanza del pasado de los grandes ejércitos del mundo (…) La tragedia y los honores de la guerra se transforman en sacrificio aceptado, en ofrenda generosa, por las grandes causas de la historia”, manifiesta en un libro de historia militar el general Mario Montoya Uribe, por entonces comandante del Ejército de Colombia (año 2007).

Hoy, la insistencia en la idea de libertad va más allá del momento de la independencia del pueblo de la Nueva Granada frente al dominio de la Corona española: por analogía podría decirse que se trata de la reiteración de un aspecto destacado de la misión que tienen hoy los militares y el Ejército mismo como institución del Estado colombiano en su combate al delito del secuestro.

Además, la defensa de la libertad está establecida como parte de la misión del soldado colombiano, según lo define su Código de Honor: “Como soldado de la Patria me comprometo solemnemente a profesar lealtad y fidelidad a Colombia y a mi Ejército, en defensa de la República, la libertad y la democracia”.

El concepto de “patria” y su homólogo que lo hace operativo, el “patriotismo”, son el tercer valor reiterado por estos días de la Ruta Libertadora.

Lo es porque el Ejército tiene tres principios rectores: patria, honor militar y lealtad. “Patria” es definida como “el más elevado concepto de lo que implica nacionalidad, a la que se está unido a través de vínculos históricos, jurídicos y afectivos”, ha dicho el actual comandante de las Fuerzas Militares, general Fredy Padilla de León.

Heroísmo, libertad y patria son entonces tres aspectos que aparecen destacados porque definen y refuerzan igualmente esa línea de continuidad entre el Ejército Libertador y el Ejército colombiano de hoy.

Conclusión: la nación colombiana narrada


Este recorrido por unos cuantos episodios alrededor de la batalla de Boyacá permiten comprender como la historia, igual que las ideas de nación, patria o nacionalismo, es un tejido narrativo que se construye en el tiempo, un constructo social armado como un rompecabezas para crear una figura determinada.

En el caso analizado se devela un esfuerzo simplificador que borra matices, crea linderos precisos sobre cómo se debe interpretar un hecho considerado fundacional de la historia colombiana y, de paso, entender el rol que tienen los grupos hegemónicos, en este caso la principal institución militar colombiana, en el proceso de creación o consolidación de representaciones, de cara a configurar imaginarios en el común de los ciudadanos.

Al repasar el concepto de nación, esa categoría propia de la modernidad que se empieza a configurar como producto histórico en el siglo XVIII, se encuentra que evidentemente es una construcción narrativa, tal como lo plantea Homi K. Bhabha y otros teóricos inscritos en la corriente poscolonialista de los estudios nacionalistas.

Una construcción narrativa compuesta por múltiples piezas, expuestas cada una de ellas en distintos momentos, lugares, alteridades y simultaneidades, pero engranadas de manera armónica para crear un solo sentido.

Piezas que son parte de un conjunto de estrategias discursivas que apuntan al mismo significado de los conceptos que presentan, que trazan puntos de conexión con otras estrategias socializantes y “patriotizantes” como los libros de texto escolar o los desfiles militares.

Todo el decorado romántico que rodea a las celebraciones actuales son típicas de esa corriente que entiende la “historia patria” de Colombia, idéntico a la de cualquier otro país, como la exaltación llena de calificativos ampulosos y la glorificación de unos hechos y personales.

Sólo que ahora se presentan a través de un ropaje nuevo, con un estilo propio de los tiempos actuales. Con la televisión incluida, por supuesto.

19 de mayo de 2009

"Hay una radicalización de la opinión en el país y a eso hay que ponerle cuidado": Javier Darío Restrepo



Duele en el alma la manera en que sacaron del periódico El Colombiano al maestro Javier Darío Restrepo, quien desde hace 17 años tenía en ese diario una columna semanal de opinión.
Pero también da mucha alegría y esperanza la manera tan caballerosa y elegante con que explicó el asunto a los lectores y dio las gracias a ese medio en su "Última columna".
El hecho motivó el rechazo de un grupo importante de organizaciones y personas del mundo del periodismo, pero también de simples lectores, que han visto en él (hemos visto en él) a un modelo de periodista y de ser humano.
Por ello, como me dijo el propio Javier Darío, "solo fuera por recibir las muestras de afecto que provocó este hecho, valdría la pena repetirlo".
Así explicó para la W Radio lo ocurrido:


Sobre la salida de Javier Darío Restrepo de El Colombiano, la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) emitió el siguiente comunicado:

El 14 de mayo, en su columna semanal, el periodista Javier Darío Restrepo anunció su salida del diario El Colombiano, de Medellín. Después de 17 años de escribir para ese medio de comunicación, la dirección le notificó la decisión argumentando que se trataba de una reorganización en las páginas de opinión. Para el periodista, esto se debe a que su “visión de los hechos políticos” no coincide con la del periódico.

La FLIP consultó a Restrepo, quien manifestó que desde hacía un tiempo venía haciendo críticas a la gestión del gobierno del presidente Álvaro Uribe Vélez y expresando su preocupación por la concentración de poder que implicaría una segunda reelección. Esta posición fue recogida en su penúltima columna, ‘Libertad de discrepar’: “Hizo falta proclamar que discrepar de un gobierno no convierte a una persona en terrorista, ni en cómplice de las FARC, ni en enemigo del presidente o de sus fervientes seguidores”, afirmó haciendo alusión a las celebraciones del Día Mundial de la Libertad de Prensa.

En conversación con Radio Nacional de Colombia, Felipe Jaramillo, jefe de la página de Opinión de El Colombiano, afirmó que la salida de Javier Darío Restrepo se debió a un proceso normal de renovación de los columnistas de opinión que se viene dando desde hace tres años: ''Hace dos años cambiamos 27 columnistas; el año pasado, 21, y éste, doce''. Añadió que el periódico preserva todas las tendencias políticas, aun aquellas que están en desacuerdo con el gobierno.

Javier Darío Restrepo es autor de libros de periodismo y ética periodística; maestro de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano; miembro de Medios para la Paz, y fundador e integrante del consejo directivo de la FLIP.

* * *
La Fundación para la Libertad de Prensa reconoce y defiende la autonomía que tienen los medios de comunicación de seleccionar o despedir periodistas, columnistas o colaboradores, en los términos que lo contempla la ley. Este derecho está igualmente protegido por la libertad de expresión y el derecho a la información.

No obstante, manifiesta su preocupación por el hecho de que estas decisiones puedan tener como propósito silenciar perspectivas críticas, diferentes o en contravía de la opinión mayoritaria. En la coyuntura actual de polarización y radicalismos, la democracia colombiana requiere más –y no menos– voces reflexivas como la del maestro Javier Darío Restrepo.

8 de mayo de 2009

Convencer para vencer - Propaganda en el conflicto armado colombiano



Conferencia del autor del blog en la Cátedra Afacom, realizada en la Universidad EAFIT el 25 de febrero de 2009.
Producción de televisión: Centro Multimedial Universidad EAFIT, canal En Vivo.

25 de abril de 2009

Colombia no discute sus problemas principales, dice director de Semana

Alejandro Santos, director de la influyente revista colombiana, asegura que los temas de fondo del país como la reforma política, la propiedad de la tierra, la reparación a las víctimas de la violencia o la crisis económica no están siendo discutidos en profundidad, ni tienen prioridad en la agenda gubernamental ni de los medios de comunicación.

Así lo dijo en entrevista concedida al programa Mesa de Redacción, de la emisora Acústica y la revista Bitácora, de la Universidad EAFIT.

Mesa de Redaccion Alejandro Santos.mp3



Afirma que la prensa colombiana no investiga más por las dificultades económicas que la rodean y que para adelantar investigaciones periodísticas de calidad se necesitan recursos, tiempo y personal calificado. Y de todo eso, dice, cada vez hay menos en el país.

Foto de Jessica Suárez

14 de abril de 2009

Conversatorio "El escándalo político. Periodismo, medios y política en Colombia"


Con:
Alejandro Santos, director de la revista Semana
Juan Gabriel Uribe, director del periódico El Nuevo Siglo

Día: Martes 21 de abril de 2009
Lugar: Universidad EAFIT, Auditorio 103, bloque 38.
Hora: 10 a.m. a 12 m.

Invita:
Especialización en Comunicación Política

Entrada libre
Para más información contactar al profesor Jorge Iván Bonilla Vélez, del Departamento de Humanidades de la Universidad EAFIT
jbonilla@eafit.edu.co
Tel: (57) (4) 2619500, Ext. 9551
Fax: (57) (4) 2664284

16 de febrero de 2009

Tu misión, periodista, si decides aceptarla, es romper el cerco informativo


Una defensa a Hollman Morris y a todos aquellos reporteros que van al lugar de la noticia, la ven con sus propios ojos y, como pregonaba el maestro Kapuscinsky, la cuentan con sus cinco sentidos.


Todos aquellos que están embriagados por la guerra detestan que un periodista esté rondando por ahí: se enojan porque llegan en el momento menos esperado a sitios donde ellos consideran que jamás deberían estar; les fastidia que pregunten por aquello que no les interesa responder o que hurguen dentro de lo que quieren ocultar. O mejor, tapar.

Ocho días antes de la liberación de los tres policías y el soldado secuestrados por las Farc, y de las graves acusaciones del presidente Álvaro Uribe contra los periodistas Hollman Morris y Jorge Enrique Botero, un grupo de 27 periodistas de Cúcuta, Tibú, La Gabarra y Ocaña (en el departamento de Norte de Santander) analizaron el papel que les corresponde en el cubrimiento del conflicto armado y del llamado “posconflicto”.

Lo hicieron durante un fin de semana por invitación de Medios para la Paz y la Unesco.
Ellos, como Morris y Botero, sabían de lo que estaban hablando. Desde hace 10 años han visto y relatado el escalamiento de la guerra en esa región del nororiente de Colombia, limítrofe con Venezuela, y han sido víctimas de las estrategias de todos los bandos enfrentados por imponer en ellos su visión de la confrontación.

Estrategias que sin la menor ética, porque en la guerra no se puede esperar una ética de la comunicación, apelan a la manipulación, el engaño, la mentira, el ocultamiento… Y si nada de eso funciona, a la presión violenta y a la amenaza.

En el taller realizado en Cúcuta el pasado 24 de enero quedó claro algo: impedir la presencia de los periodistas en los teatros de operaciones (para el caso reciente de Morris y Botero, en los teatros “de liberaciones”) es una decisión permanente de quienes están en armas.

Lo es porque cuando un reportero está en esos lugares ve una realidad muy distinta a la que muestran los comunicados y las ruedas de prensa.

Por eso la importancia para los periodistas de estar en los lugares de la noticia y ser testigos de ella. Y la importancia para los guerreros de negarles a toda costa su acceso, no permitirles que sean testigos de ella.

Hay que mantenerlos alejados...
Como se analizó en el seminario-taller de Cúcuta cuando se estudió el problema de la propaganda, esa postura está clara desde hace mucho tiempo: “Tres diarios adversos son más temibles que mil bayonetas”, había advertido Napoleón dos siglos atrás.

Y lo supieron los generales ingleses en 1854, cuando William Howard Russell (considerado el primer corresponsal de guerra de la prensa moderna) fue enviado por el Times, de Londres, a cubrir la guerra en la península de Crimea entre Inglaterra y Rusia.

Russell fue y vio con sus propios ojos el desastre que era esa confrontación para las tropas de su país y con sus cinco sentidos lo relató para sus lectores. Una visión bien distinta de los reportes oficiales que se presentaban por entonces, donde tales batallas se mostraban como gestas heroicas y victoriosas.

En los grandes conflictos de la primera mitad del siglo XX, como la Guerra Civil Española y las dos guerras mundiales, los periodistas pudieron moverse con algo de facilidad por los campos de batalla. Aunque también estuvieron sometidos, como hoy, a la propaganda y a la desinformación de todos los ejércitos.

Esa relativa libertad se cortó después de la guerra de Vietnam (1958-1975), cuando las medidas de control a la prensa se extremaron por parte de los militares.

Allí los periodistas tuvieron ingreso y movilidad absoluta por las zonas de combate; incluso el ejército de Estados Unidos los transportó en sus carros y helicópteros a los teatros de operaciones.

Por eso pudieron mostrar la barbarie de esa lucha, asunto que sensibilizó a la opinión pública norteamericana y la llevó a presionar a su gobierno a una solución política de la confrontación.
Por ello, en adelante la consigna fue cerrarle el paso a la prensa.

En la guerra de las Malvinas, entre abril y junio de 1982, el gobierno de Inglaterra sólo permitió el acceso a esas lejanas islas del Atlántico Sur a 17 periodistas, todos británicos. ¡Sólo 17!, quienes debieron firmar un documento en el que aceptaban la censura, pues el envío de las noticias era a través de los canales militares.

En la invasión de Estados Unidos a la isla de Granada, en octubre de 1983, los periodistas que trataron de llegar por sus propios medios fueron atacados o arrestados, incluso los norteamericanos. Dos días después de iniciados los combates, cuando las tropas de E.U. tenían todo bajo control, se permitió el ingreso a un grupo escogido de periodistas.

En la primera Guerra del Golfo, en 1991, los controles a la prensa y la “administración del flujo informativo” (como se le llamó entonces) fueron permanentes por la Coalición de ejércitos que enfrentaron a Irak.

Para variar, sólo se permitió el acceso a grupos seleccionado de periodistas, quienes además debían permanecer con escolta militar y seguir las instrucciones de los mandos uniformados. Mejor dicho, fue una prensa “amarrada”.

En la invasión a Irak que comenzó en 2003 y que aún no termina, hubo inicialmente fuertes restricciones a la prensa para ingresar a los teatros de operaciones.

Los periodistas que quisieron entrar con las unidades militares de Estados Unidos fueron llamados “incorporados”, “incrustados o “encamados” y tuvieron que firmar el “Acuerdo de adhesión al reglamento establecido por el mando terrestre de las Fuerzas de Coalición”. Ese fue un documento de 49 puntos en los que se comprometían a no informar determinados asuntos y a moverse según lo ordenara el ejército.

Desde ese momento la censura ha sido tan fuerte en esa guerra que hasta para publicar un blog en Internet los soldados tienen que pedir permiso a sus superiores, so pena de una sanción.

En Colombia también, por supuesto
Pero no vamos tan lejos, que esas guerras son ajenas y bien distintas. Aquí eso se ha aplicado aunque con sus matices. Recordemos tres ejemplos recientes:

En mayo de 2002 no se permitió que decenas de periodistas colombianos y extranjeros ingresaran a Bojayá (Chocó) a ver la masacre de un centenar de personas, bajo el argumento de que los grupos ilegales tenían retenes en el río Atrato.

Sin embargo, dos hábiles y experimentados reporteros (Paco Gómez Nadal y Jesús Abad Colorado - fotos adjuntas) rompieron el cerco, entraron a la zona y relataron al mundo lo que había ocurrido. El resto sólo pudieron hacerlo varios días después.

En septiembre siguiente, cuando el Gobierno Nacional (primer mandato de Álvaro Uribe) creó las Zonas de Rehabilitación y Consolidación para combatir a los grupos ilegales en los departamentos de Bolívar, Sucre y Arauca, fijó normas que limitaron el acceso a la prensa a esos lugares, en especial a la extranjera.

Y el Plan Patriota, calificado por muchos como la más grande ofensiva contra las Farc, que cubrió varios departamentos, se hizo en ausencia total de la prensa, en el más absoluto silencio, como explica la periodista Jineth Bedoya en la primera página de su libro “En las trincheras del Plan Patriota”:

“Fuimos muy pocos los que pudimos conocer las entrañas de esta acción militar porque con el nacimiento del Patriota murió la reportería de guerra en el mismo sitio de los hechos. El veto del Comando de las Fuerzas Militares, bajo la dirección del general Carlos Alberto Ospina, le impidió a los colombianos y al mundo conocer lo que pasaba a cientos de kilómetros”.


Hay que estigmatizarlos…
Ahora bien, si nada de eso funciona, si los tercos reporteros rompen los cercos informativos del bando que sea (estatal o de grupos ilegales), las mentalidades guerreristas acuden a los señalamiento y a las estigmatizaciones.

En plena guerra de Vietnam, un asesor del entonces presidente de Estados Unidos, Lyndon B. Johnson, dijo que el periodista Peter Arnett (foto del lado), corresponsal de la agencia de noticias AP en Saigón, era “más dañino para E.U. que toda una división de Vietcong” [la guerrilla comunista].

Mejor dicho, lo calificó de antipatriota por cumplir su misión como periodista de informar sobre lo que pasaba, así fueran malas noticias para su gobierno.

A Hollman Morris, el presidente Álvaro Uribe le lanzó un peligroso manto de duda y le hizo señalamientos directos haciéndolo parecer vocero de terroristas, por estar en la liberación de los tres policías y el soldado. Por eso pidió que lo investigara la Fiscalía.

Mejor dicho, sin decirlo de frente lo calificó de antipatriota por simplemente cumplir su misión como periodista: estar en el lugar de la noticia.

Invisibilizar el conflicto
Los cercos informativos los levantan todos para volver invisibles, para desaparecer los hechos y los personajes que en ellos intervienen.

Lo grave para el caso colombiano no es sólo que eso lo hagan la guerrilla, los paramilitares o las nuevas bandas armadas porque al fin y al cabo esos grupos están al margen de la ley y no podría esperarse nada distinto de ellos.

Lo más grave es que lo haga el gobierno, que debe ser el principal garante de los derechos y defensor de la Constitución.

Que provenga de quienes pregonan con vehemencia que “el Estado colombiano es un Estado democrático legítimo”, como lo ha dicho un asesor presidencial, José Obdulio Gaviria.
Por eso los cercos informativos los seguirán tendiendo y los buenos periodistas los seguirán rompiendo. Es más, ¡todos los reporteros están en la obligación de seguirlos rompiendo!

Cuando lo hagan no estarán cometiendo ningún delito porque su trabajo es estar donde está la noticia, ya que es la única manera de que sus audiencias puedan ver la otra cara de los hechos, la otra versión de la realidad.

Por hacer eso no serán jamás terroristas ni voceros de delincuentes. Serán, como Hollman Morris, simplemente buenos periodistas.