16 de febrero de 2009

Tu misión, periodista, si decides aceptarla, es romper el cerco informativo


Una defensa a Hollman Morris y a todos aquellos reporteros que van al lugar de la noticia, la ven con sus propios ojos y, como pregonaba el maestro Kapuscinsky, la cuentan con sus cinco sentidos.


Todos aquellos que están embriagados por la guerra detestan que un periodista esté rondando por ahí: se enojan porque llegan en el momento menos esperado a sitios donde ellos consideran que jamás deberían estar; les fastidia que pregunten por aquello que no les interesa responder o que hurguen dentro de lo que quieren ocultar. O mejor, tapar.

Ocho días antes de la liberación de los tres policías y el soldado secuestrados por las Farc, y de las graves acusaciones del presidente Álvaro Uribe contra los periodistas Hollman Morris y Jorge Enrique Botero, un grupo de 27 periodistas de Cúcuta, Tibú, La Gabarra y Ocaña (en el departamento de Norte de Santander) analizaron el papel que les corresponde en el cubrimiento del conflicto armado y del llamado “posconflicto”.

Lo hicieron durante un fin de semana por invitación de Medios para la Paz y la Unesco.
Ellos, como Morris y Botero, sabían de lo que estaban hablando. Desde hace 10 años han visto y relatado el escalamiento de la guerra en esa región del nororiente de Colombia, limítrofe con Venezuela, y han sido víctimas de las estrategias de todos los bandos enfrentados por imponer en ellos su visión de la confrontación.

Estrategias que sin la menor ética, porque en la guerra no se puede esperar una ética de la comunicación, apelan a la manipulación, el engaño, la mentira, el ocultamiento… Y si nada de eso funciona, a la presión violenta y a la amenaza.

En el taller realizado en Cúcuta el pasado 24 de enero quedó claro algo: impedir la presencia de los periodistas en los teatros de operaciones (para el caso reciente de Morris y Botero, en los teatros “de liberaciones”) es una decisión permanente de quienes están en armas.

Lo es porque cuando un reportero está en esos lugares ve una realidad muy distinta a la que muestran los comunicados y las ruedas de prensa.

Por eso la importancia para los periodistas de estar en los lugares de la noticia y ser testigos de ella. Y la importancia para los guerreros de negarles a toda costa su acceso, no permitirles que sean testigos de ella.

Hay que mantenerlos alejados...
Como se analizó en el seminario-taller de Cúcuta cuando se estudió el problema de la propaganda, esa postura está clara desde hace mucho tiempo: “Tres diarios adversos son más temibles que mil bayonetas”, había advertido Napoleón dos siglos atrás.

Y lo supieron los generales ingleses en 1854, cuando William Howard Russell (considerado el primer corresponsal de guerra de la prensa moderna) fue enviado por el Times, de Londres, a cubrir la guerra en la península de Crimea entre Inglaterra y Rusia.

Russell fue y vio con sus propios ojos el desastre que era esa confrontación para las tropas de su país y con sus cinco sentidos lo relató para sus lectores. Una visión bien distinta de los reportes oficiales que se presentaban por entonces, donde tales batallas se mostraban como gestas heroicas y victoriosas.

En los grandes conflictos de la primera mitad del siglo XX, como la Guerra Civil Española y las dos guerras mundiales, los periodistas pudieron moverse con algo de facilidad por los campos de batalla. Aunque también estuvieron sometidos, como hoy, a la propaganda y a la desinformación de todos los ejércitos.

Esa relativa libertad se cortó después de la guerra de Vietnam (1958-1975), cuando las medidas de control a la prensa se extremaron por parte de los militares.

Allí los periodistas tuvieron ingreso y movilidad absoluta por las zonas de combate; incluso el ejército de Estados Unidos los transportó en sus carros y helicópteros a los teatros de operaciones.

Por eso pudieron mostrar la barbarie de esa lucha, asunto que sensibilizó a la opinión pública norteamericana y la llevó a presionar a su gobierno a una solución política de la confrontación.
Por ello, en adelante la consigna fue cerrarle el paso a la prensa.

En la guerra de las Malvinas, entre abril y junio de 1982, el gobierno de Inglaterra sólo permitió el acceso a esas lejanas islas del Atlántico Sur a 17 periodistas, todos británicos. ¡Sólo 17!, quienes debieron firmar un documento en el que aceptaban la censura, pues el envío de las noticias era a través de los canales militares.

En la invasión de Estados Unidos a la isla de Granada, en octubre de 1983, los periodistas que trataron de llegar por sus propios medios fueron atacados o arrestados, incluso los norteamericanos. Dos días después de iniciados los combates, cuando las tropas de E.U. tenían todo bajo control, se permitió el ingreso a un grupo escogido de periodistas.

En la primera Guerra del Golfo, en 1991, los controles a la prensa y la “administración del flujo informativo” (como se le llamó entonces) fueron permanentes por la Coalición de ejércitos que enfrentaron a Irak.

Para variar, sólo se permitió el acceso a grupos seleccionado de periodistas, quienes además debían permanecer con escolta militar y seguir las instrucciones de los mandos uniformados. Mejor dicho, fue una prensa “amarrada”.

En la invasión a Irak que comenzó en 2003 y que aún no termina, hubo inicialmente fuertes restricciones a la prensa para ingresar a los teatros de operaciones.

Los periodistas que quisieron entrar con las unidades militares de Estados Unidos fueron llamados “incorporados”, “incrustados o “encamados” y tuvieron que firmar el “Acuerdo de adhesión al reglamento establecido por el mando terrestre de las Fuerzas de Coalición”. Ese fue un documento de 49 puntos en los que se comprometían a no informar determinados asuntos y a moverse según lo ordenara el ejército.

Desde ese momento la censura ha sido tan fuerte en esa guerra que hasta para publicar un blog en Internet los soldados tienen que pedir permiso a sus superiores, so pena de una sanción.

En Colombia también, por supuesto
Pero no vamos tan lejos, que esas guerras son ajenas y bien distintas. Aquí eso se ha aplicado aunque con sus matices. Recordemos tres ejemplos recientes:

En mayo de 2002 no se permitió que decenas de periodistas colombianos y extranjeros ingresaran a Bojayá (Chocó) a ver la masacre de un centenar de personas, bajo el argumento de que los grupos ilegales tenían retenes en el río Atrato.

Sin embargo, dos hábiles y experimentados reporteros (Paco Gómez Nadal y Jesús Abad Colorado - fotos adjuntas) rompieron el cerco, entraron a la zona y relataron al mundo lo que había ocurrido. El resto sólo pudieron hacerlo varios días después.

En septiembre siguiente, cuando el Gobierno Nacional (primer mandato de Álvaro Uribe) creó las Zonas de Rehabilitación y Consolidación para combatir a los grupos ilegales en los departamentos de Bolívar, Sucre y Arauca, fijó normas que limitaron el acceso a la prensa a esos lugares, en especial a la extranjera.

Y el Plan Patriota, calificado por muchos como la más grande ofensiva contra las Farc, que cubrió varios departamentos, se hizo en ausencia total de la prensa, en el más absoluto silencio, como explica la periodista Jineth Bedoya en la primera página de su libro “En las trincheras del Plan Patriota”:

“Fuimos muy pocos los que pudimos conocer las entrañas de esta acción militar porque con el nacimiento del Patriota murió la reportería de guerra en el mismo sitio de los hechos. El veto del Comando de las Fuerzas Militares, bajo la dirección del general Carlos Alberto Ospina, le impidió a los colombianos y al mundo conocer lo que pasaba a cientos de kilómetros”.


Hay que estigmatizarlos…
Ahora bien, si nada de eso funciona, si los tercos reporteros rompen los cercos informativos del bando que sea (estatal o de grupos ilegales), las mentalidades guerreristas acuden a los señalamiento y a las estigmatizaciones.

En plena guerra de Vietnam, un asesor del entonces presidente de Estados Unidos, Lyndon B. Johnson, dijo que el periodista Peter Arnett (foto del lado), corresponsal de la agencia de noticias AP en Saigón, era “más dañino para E.U. que toda una división de Vietcong” [la guerrilla comunista].

Mejor dicho, lo calificó de antipatriota por cumplir su misión como periodista de informar sobre lo que pasaba, así fueran malas noticias para su gobierno.

A Hollman Morris, el presidente Álvaro Uribe le lanzó un peligroso manto de duda y le hizo señalamientos directos haciéndolo parecer vocero de terroristas, por estar en la liberación de los tres policías y el soldado. Por eso pidió que lo investigara la Fiscalía.

Mejor dicho, sin decirlo de frente lo calificó de antipatriota por simplemente cumplir su misión como periodista: estar en el lugar de la noticia.

Invisibilizar el conflicto
Los cercos informativos los levantan todos para volver invisibles, para desaparecer los hechos y los personajes que en ellos intervienen.

Lo grave para el caso colombiano no es sólo que eso lo hagan la guerrilla, los paramilitares o las nuevas bandas armadas porque al fin y al cabo esos grupos están al margen de la ley y no podría esperarse nada distinto de ellos.

Lo más grave es que lo haga el gobierno, que debe ser el principal garante de los derechos y defensor de la Constitución.

Que provenga de quienes pregonan con vehemencia que “el Estado colombiano es un Estado democrático legítimo”, como lo ha dicho un asesor presidencial, José Obdulio Gaviria.
Por eso los cercos informativos los seguirán tendiendo y los buenos periodistas los seguirán rompiendo. Es más, ¡todos los reporteros están en la obligación de seguirlos rompiendo!

Cuando lo hagan no estarán cometiendo ningún delito porque su trabajo es estar donde está la noticia, ya que es la única manera de que sus audiencias puedan ver la otra cara de los hechos, la otra versión de la realidad.

Por hacer eso no serán jamás terroristas ni voceros de delincuentes. Serán, como Hollman Morris, simplemente buenos periodistas.

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