4 de diciembre de 2009

El niño triste

Cuando vi esta foto por primera vez, más o menos en el año 1993 o 1994, me causó un impacto muy fuerte. El mismo que me sigue causando hoy. No sé, algo por dentro de mí se revuelca y me produce una sensación terrible de desazón, de desesperanza, de tristeza. También, qué paradoja, una necesidad de querer verla, de no olvidarla, de tenerla presente.

Es de Jesús Abad Colorado y muestra a un niño indígena de la comunidad de Caimán Nuevo, entre los municipios de Turbo y Necoclí, un asentamiento del pueblo Tule, de la familia de los Kunas, del que acabo de buscar información en Internet y no aparece prácticamente nada. Fue tomada uno o dos días después de una masacre realizada por paramilitares.

Cuando la tuve por primera vez en mis manos, antes de ser publicada en el periódico El Colombiano, me quedé viéndola por ahí unos diez minutos.

Nunca supe el nombre de ese niño, ni a quién le habían matado y mucho menos qué pasó con él o con su comunidad después. Pero con frecuencia lo busco en las fotos del catálogo de una exposición de Jesús Abad que tengo en mi biblioteca.

Siempre he querido tener esa foto, grande, en mi casa. Pero también me ha dado miedo tenerla así como la quiero, del tamaño de un afiche, metida entre un marquito de madera bien bonito, colgada en la sala para verla cada que entre.

Miedo a que me recuerde en demasía lo que precisamente no me hace olvidar y que es lo que, creo, siempre busco en ella: que en este país se ha llorado mucho, que mucha gente ha sufrido, y que uno no puede hacerse el loco con el dolor de los demás.

Puede sonar muy cursi o pendejo y es verdad, pero así lo siento. Una especie de solidaridad muy estúpida también porque uno tampoco hace muchas cosas para buscar que tanta porquería que nos rodea cambie. Un sentimiento pequeño burgués, católico en el fondo, muy romanticoide y bastante soso (qué mezcla de cosas tan impresionante).

Por eso, aunque alguna vez le dije a Jesús Abad que me vendiera una copia, tampoco he sido capaz de concretar el asunto.

Por eso ante esta foto siento una especie de masoquismo porque me gusta verla por impactante, por bella, por reveladora, por horrenda, porque me causa placer y dolor. Para mí, esta foto revela todo el mundo interior de ese niño que, repito, creo que es también el mundo interior de su comunidad y de Colombia misma.

Siento que en esos ojos perdidos está el epicentro del sentimiento de él, pero también el mío. Ahí está el punctum que decía Roland Barthes, ese lugar de la foto, ese detalle específico que nos evoca algo o que simplemente nos llama la atención, posiblemente sin que sepamos por qué.

Esos ojos parecen de un anciano de 90 años, de un hombre que ha vivido todo y todo lo ha perdido, que ha librado cien batallas y en todas ha sido derrotado –como el coronel Aureliano Buendía–. Solo que a los cinco o seis años, que es la edad que debe tener, esa experiencia me parece dramática, infame.

Son tantas las sensaciones que se me atropellan en la cabeza al pensar en ese niño que me confundo para expresarlas bien y en orden.

¡Qué foto! la sigo buscando, la sigo detestando, le sigo temiendo, la sigo necesitando, como si se tratara de ese par de mujeres que he amado profundamente y que me han dejado tirado en mitad de la calle, como dice Sabina, igual a como se abandona a los zapatos viejos.

Solo que a ellas ya no las busco.


Entrevista a Jesús Abad Colorado en P+DH [Periodismo + Derechos Humanos] , a propósito del 13 Encuentro Internacional de Periodismo Ciudad de Gijón, realizado en julio de 2009.

1 comentario:

Iván Rodrigo García Palacios dijo...

El olvido es la indiferencia de "las buenas consciencias".